miércoles, 4 de noviembre de 2009

De lo que pensé mientras veía un concierto de Yuri en el dos

No me gusta que llegue la noche. Se apaga el cielo y se abre la llave de lágrimas en mis ojos y lloro. Suspiro a tono con la obscuridad para pasar desapercibida entre las sombras, un movimiento en falso y podrías despertarte.
Esto se ha vuelto una rutina, llegada la hora, cuando me he cerciorado de que esos ojos están sellados inmersos en un mundo donde no existo, comienzo mi oración preguntando en qué me equivoqué.
Mucho tiempo presté mi cuerpo para que me prestaran sentimientos, parece que es lo único que no has olvidado. Aún así, no queda siquiera la pasión que nos arrastró hasta esta cama.
-Todavía dormimos juntos- me consuelas.
Pero ya pasamos de compartir sueños a compartir sólo las sábanas. Y eso cuando te acuerdas de que hay un bulto friolento junto a tí y no las acaparas. También la seda pierde sus propiedades, ya no te gustan las caricias de mis manos sólo las de esa estúpida colcha importada que me obligaste a regalarte en Navidad.
Siempre sonreíste cuando cerraba los puños al llegar al orgasmo. Ahora los cierro más seguido, pero para
golpearte en el vacío.
Temprano te vas al despacho, bueno así le digo yo aunque sé que es un taller. Vienes pasada la hora de la comida y tenemos el momento que nos reúne como antes. Tomamos un café mientras leemos poesía. Tú un espresso y yo capuccino.
-¡Chin! Ya sé manchó el libro.
-Tráete el trapo amarillo que está junto al fregadero. Pero ¡córrele!.
-A ver si todavía se puede leer, me costó mucho conseguir esa edición.
Mientras, me repudias porque me muerdo las uñas. Parece vulgar que lo haga después de que te rasguñé pero así no se me olvida a qué sabe tu piel.
-Ya perdí mis lentes, ya sé que siempre me dices que no me los ande quitando porque los voy a romper. Sin que tú sepas odio usarlos. Ese mismo odio que sentí cuando me desperté y abrí los ojos como todos los días pero no te reconocí. Me sentí un bebé despegándolos por primera vez y viendo a su madre. Eso pasa, el bebé no lo sabe, él no lo eligió pero tiene frente a él a la persona que más va a querer, que más va a amarlo, cuidarlo y también lastimarlo. Le dice te amo cuando sabe que lo va a frustrar cada vez que debería estar orgullosa.
Así me pasa contigo, no sé por qué no me di cuenta.
Primero tú no te querías casar, no te educaron así y aparte ya ni se usa. Pero complacimos a mi familia y así dejamos entrar “al enemigo en casa”. Que drama, creo que así se llamaba una película.
Me gusta despertarme temprano antes de que te vayas todos los días. Todavía compartimos la mesa y el primer suspiro de la mañana. Aunque yo todavía tenga sueño, ya sé que Flavia sabe cómo te gustan los huevos y con cuántas cucharadas de miel endulzar mi té de manzana con canela.
¡Ah, que tiempos! Cuando la miel la bebía de tus labios; con tus besos, con tus palabras y con tu silencio.
Siempre te admiré. En cambio ahora, te veo más viejo y con menos ganas. No sólo perdiste el cabello, también esas ideas que nos reunieron los primeros meses. A veces pareces triste. Esto es difícil. Ya pasaron dos años de que murió y todavía la cara de velorio. Pero
te entiendo, irónicamente ser débil siempre ha sido “tu fuerte”.
No me molesta rasurarte esa barba de viejo cada dos días, aunque siempre
me ha dado repulsión que seas tan indefenso
.El domingo, cuando salimos de misa mis caderas hacen que la gente susurre junto a nosotros. Te ven tan insignificante que no saben si soy tu madre o tu amante. Ahora no soy ninguna de las dos. Soy tu enfermedad, soy tu desidia, tu asco, tu resaca y tu reflujo.
Pasamos mucho tiempo en silencio, agradezco a esa tos que no se te ha curado, por romperlo cada vez que ya no aguanto y quiero gritarte que sigo aquí. Después de eso te doy un caramelo de hierbabuena, porque si te me mueres ahora sí que no se que hago. -
-Padre, hijo, espíritu santo. Amén. – Me persigno después de tener esos pensamientos. Mejor pienso en otra cosa.
La otra vez que vino el coleccionista de letras, me preguntó que qué siento por ti. Me quedé callada, y mientras usaba el pañuelo que saqué del bolso de mi padre antes de que muriera, saqué un diccionario. A, abacería, ábaco, abad, abajo, adentro, arlequín …. -¿Qué es eso me preguntó? y yo le dije que no tenía una palabra para describirlo. Tenía la palabra en la punta de la lengua… y tras largas páginas, justo cuando llegaba a zurriago, balbuceé branquia. Las branquias hacen que el pez pueda filtrar el oxígeno del agua, bueno, pues eso es lo mismo que haces tú. Filtras el mundo que me rodea para que yo pueda respirar entre tanto dolor.

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